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Confesiones de una persona brasa: cómo dejar de estar siempre agobiado

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¿Eres de los que siempre dice “no llego a todo”, pero nunca hace nada para cambiarlo? ¿Te gustaría saber cómo dejar de estar siempre agobiado?

 

¿Te ha venido alguien a la cabeza al leer el primer párrafo? Pues mándale por favor este artículo. ¿Te sientes tú identificado? Tranquilo, no pasa nada: esto no es un ataque, es una intervención con cariño, con psicología y una mijilla de ironía, porque si hay un tema serio que merece tratarse sin solemnidad, es este.

La pregunta incómoda que da pie a todo lo que viene después es esta: si llevas cinco años diciendo que vas desbordado, ¿qué has cambiado en esos cinco años? Si la respuesta es “nada”, no tienes un problema de tiempo. Tienes un problema de otra cosa, y vamos a averiguar de qué se trata, con nombres, apellidos y universidades detrás, antes de que llegue septiembre y repitas el mismo bucle con ropa de entretiempo. Una aclaración antes de seguir: esto no va de culpabilizar a nadie por estar cansado. Tener una mala temporada es legítimo, y quejarse un rato también. El problema empieza cuando esa mala temporada se convierte en domicilio fijo, sin billete de vuelta, y sobre todo cuando cuentas la historia una y otra vez sin hacer nada distinto al respecto.

El currículum del agobio

mujer agobiada

Durante buena parte de la historia, tener tiempo libre era presumir. Hoy es al revés. La investigadora Silvia Bellezza, de la Columbia Business School, junto con Neeru Paharia y Anat Keinan, demostró que en las sociedades occidentales actuales presumir de estar desbordado de trabajo se ha convertido en símbolo de estatus: cuanto más agobiado pareces, más competente, más ambicioso y más solicitado te perciben los demás. Por eso a veces tardamos horas en contestar un mensaje que se responde en dos frases: contestar rápido “no queda bien”, porque delata que tenemos tiempo de sobra, y hoy eso casi parece sospechoso.

El problema es que el cerebro no entiende de medallas invisibles. Entiende de carga. Y una carga sostenida durante meses, aunque la muestres con cierto orgullo en la cafetería, termina convirtiéndose en estrés crónico. Bellezza y su equipo encontraron además que este efecto es más fuerte en contextos donde se percibe mayor movilidad social, es decir, donde se cree que el esfuerzo lleva a ascender. Dicho de otro modo: el “voy fatal, no paro” es, en buena parte, un producto cultural aprendido, y lo aprendido se puede desaprender.

Si quieres profundizar en la relación entre cansancio, estrés y falta de energía, puedes leer también nuestro artículo sobre psicología de la energía y cómo recuperarla.

Lo que le pasa a tu cuerpo

El estrés puntual es útil: nos activa, resolvemos el problema y el cuerpo vuelve a la calma. El problema aparece cuando ese estado de alerta se queda encendido de forma permanente. El neuroendocrino Bruce McEwen describió este desgaste acumulado como “carga alostática”, es decir, desgaste por estrés crónico: un sistema de alarma que nunca se apaga termina afectando la tensión arterial, el sistema inmunitario, la memoria y la regulación emocional. El cuerpo apenas distingue entre un estrés real y uno simplemente rumiado mentalmente por la noche. Repasar la lista de pendientes en la cama no es descanso, es, fisiológicamente, una sesión extra de estrés que te regalas gratis. Menos mal que este sistema es maleable. La carga alostática se reduce cuando cambian los hábitos, cuando aparecen pausas reales y cuando se deja de alimentar la narrativa de “esto no tiene solución”.

Si el estrés y la preocupación están interfiriendo en tu día a día, puedes consultar nuestra guía para reducir la ansiedad y vivir con más serenidad.

Contarlo veinte veces no es terapia

Compartir lo que te agobia es sano, hasta cierto punto. La psicóloga Amanda Rose, de la Universidad de Missouri, bautizó como “co-rumiación” la costumbre de dar vueltas una y otra vez al mismo problema sin avanzar hacia una solución. Fortalece el vínculo, pero también aumenta la ansiedad, y un estudio de Jennifer Byrd-Craven encontró que co-rumiar eleva de forma medible el cortisol. Además, ese agobio no se queda solo en ti: por contagio emocional, la persona que te escucha también absorbe parte de esa tensión, aunque el problema original no sea suyo. La próxima vez que notes que llevas quince minutos dándole vueltas a lo mismo con la misma persona, prueba a preguntar en voz alta: “oye, ¿seguimos desahogándonos o pasamos a pensar qué podemos hacer?” Vas a notar el cambio de energía casi al instante.

Hay un giro todavía más irónico. Ovul Sezer, Francesca Gino y Michael Norton estudiaron el “humblebragging”: la queja disfrazada de logro (“estoy agotada de que todo el mundo me necesite”). Descubrieron que esta mezcla de queja y presunción cae peor que quejarse sin más o que presumir sin más. Ni siquiera funciona como estrategia egoísta para parecer importante: pierdes por los dos lados. Esto se intensifica en redes sociales, donde el formato invita casi por diseño a esta mezcla: la story a las once de la noche con “no sé ni cómo sigo en pie” sobre una foto del portátil perfectamente iluminada, con la taza de café colocada en el ángulo justo. El mensaje que se quiere transmitir es “mira lo importante que soy”, pero el que de verdad llega es bastante menos favorecedor de lo que imaginamos.

La paradoja tonta

“Es que no tengo tiempo para organizarme.” “No tengo tiempo para descansar.” No tienes tiempo para hacer precisamente aquello que podría devolverte tiempo. La Ley de Parkinson, formulada en 1955, explica parte del misterio: el trabajo se expande hasta ocupar todo el tiempo disponible para completarlo. Y el “residuo atencional” que describió la investigadora Sophie Leroy explica el resto: cuando saltas de tarea en tarea sin cerrar la anterior, una parte de tu atención se queda enganchada ahí, consumiendo recursos mentales, aunque, en apariencia, no hayas hecho gran cosa en toda la mañana. Así que te animo a poner límites de tiempo explícitos a tus tareas, aunque sean artificiales, porque el trabajo se ajustará a ese límite en lugar de expandirse sin control; y agrupa tareas parecidas en lugar de saltar constantemente entre asuntos que no tienen nada que ver entre sí, porque cada salto tiene un coste invisible que se va acumulando a lo largo del día.

Las palabras te construyen

ejecutivo agobiado

En 2011, Christopher Bryan, Gregory Walton, Todd Rogers y Carol Dweck publicaron en PNAS un experimento revelador: preguntar a la gente por su interés en “ser votante”, en vez de simplemente “votar”, aumentó de forma notable la participación electoral real. Un sustantivo describe una identidad; un verbo, solo una acción puntual, y tendemos a comportarnos de forma coherente con la identidad que creemos tener. Si llevas meses diciendo “no llego a nada”, no estás describiendo una semana: estás construyendo la identidad de alguien que nunca llega. Prueba a cambiarlo por “esta semana voy cargado, así que voy a priorizar”. La primera frase te define para siempre. La segunda describe algo temporal e incluye una decisión activa, y eso cambia la manera en cómo tu cerebro busca soluciones, porque deja de estar defendiendo quién eres para empezar a resolver, simplemente, lo que está pasando esta semana.

El perfeccionismo, gran fabricante de brasas

El psicólogo Barry Schwartz distingue entre personas “maximizadoras”, que buscan siempre la opción óptima, y personas que se conforman con “lo suficientemente bueno”. Las primeras terminan, de forma sistemática, más insatisfechas y más agotadas, incluso eligiendo opciones de calidad parecida. No todas las tareas de tu semana merecen un 100%: muchas funcionan perfectamente con un 80% digno y a tiempo, y ese 20% que te ahorras es tiempo real para lo que sí importa. Un ejemplo tonto pero muy representativo: el correo interno que reescribes tres veces buscando el tono perfecto, cuando la persona que lo va a leer solo necesita saber si el archivo está listo o no. Ahí no hace falta un 100%. Hace falta un 80% claro y a tiempo, que es justo lo que la situación pedía.

Septiembre, el mejor momento para reiniciarte

La economista Katy Milkman, junto con Hengchen Dai y Jason Riis, descubrió el “efecto de los nuevos comienzos”: perseguimos nuestros objetivos con más fuerza justo después de un “hito temporal”, como un cumpleaños, un lunes o el inicio de curso, porque nos permite sentir distancia respecto a nuestra versión anterior. Los fracasos pasados quedan asociados a “al viejo yo”, y lo que viene ahora, a “al nuevo yo”. Septiembre reúne varios de estos hitos a la vez, así que, si vas a cambiar algo de todo esto, este es, literalmente, el mejor momento psicológico del año para intentarlo.

Tres preguntas para empezar

No hace falta una revolución completa. Empieza por preguntarte:

  • ¿Qué parte de mi agenda he elegido yo y cuál acepto por inercia?
  • ¿Qué tareas podría hacer otra persona al 80% de bien?
  • ¿Qué frase repito continuamente sobre mi vida?

Las respuestas a estas tres preguntas ya te dan un mapa bastante fiable de qué eliminar, qué delegar y qué dejar de decirte a ti mismo. Un par de trucos pequeños ayudan a sostener el cambio día a día: si una tarea te va a llevar menos de dos minutos, hazla en el momento en que aparece, sin apuntarla en ninguna lista; y reserva diez minutos al final del día para revisar qué queda pendiente y decidir dónde encaja mañana, en lugar de dejar que esa lista mental te siga hasta la cama.

Delegar cuesta por dos motivos: tendemos a sobrestimar lo bien que haríamos algo nosotros mismos, y si llevas tiempo siendo “la persona que se ocupa de todo”, soltar una tarea es como perder identidad. Hazlo poco a poco y tolera que el resultado no sea idéntico al tuyo: ningún entrenador pone a su mejor jugador los noventa minutos de todos los partidos sin descanso. No hace falta ser titular en cada tarea de la semana.

Y pon límites. Poner límites tampoco es declarar la guerra. Una frase breve y amable (“esta semana no puedo, lo retomamos la que viene”) sostiene mejor que un discurso de diez minutos justificándote: cuanto más te justificas, más invitas a que intenten convencerte de lo contrario.

Para seguir trabajando hábitos sostenibles, puedes consultar también nuestro artículo sobre 10 hábitos saludables para cuidar el cuerpo y la mente.

Cuatro frases que puedes cambiar hoy

En lugar de “voy fatal, no llego a nada”, prueba con “esta semana voy sobrecargado, así que voy a priorizar tres cosas”.

En lugar de “no tengo ni un minuto”, prueba con “hoy no tengo margen, pero mañana sí puedo sacar un hueco”.

En lugar de “necesito unas vacaciones de las vacaciones”, prueba con “necesito planificar mejor un descanso real, y voy a hacerlo”.

Y en lugar de “es que yo soy así, siempre voy con todo encima”, prueba con “esta temporada he acumulado más de lo que debería, y lo voy a revisar”.

Las primeras frases te definen como una persona de forma permanente. Las segundas describen una situación puntual e incluyen siempre una decisión activa, y esa pequeña diferencia gramatical cambia de verdad cómo tu cerebro busca soluciones.

Lo que no puede faltar: dormir de verdad

Cuando llevas semanas en modo “no llego”, es habitual robarle horas al sueño para compensar, y esa cuenta nunca sale a favor: un sueño insuficiente reduce la capacidad de regular emociones y hace que cualquier contratiempo parezca mucho más grave de lo que es. La base siempre será revisar horarios y proteger esas horas como protegerías cualquier cita importante. Pero cuando esos hábitos ya están en marcha y el descanso no termina de ser reparador, también se puede ayudar al organismo desde otros frentes: nuestro suplemento Dormir está pensado para las noches en las que la cabeza no para de dar vueltas, favoreciendo un descanso más profundo. La creatina puede contribuir a la producción de energía celular también a nivel cerebral en épocas de mucha exigencia mental; el magnesio aminoquelado con vitamina B6 favorece el sistema nervioso y ayuda a disminuir el cansancio; y mantener buenos niveles de vitamina D3 y K2 cuida la salud muscular, ósea e inmunitaria, sobre todo si pasas muchas horas en interiores. Ningún suplemento sustituye la base, pero ayuda a que el organismo afronte mejor la carga diaria mientras el resto de los cambios se asientan.

Si quieres revisar más estrategias relacionadas con el descanso, puedes leer nuestra guía para dormir mejor y el artículo sobre los problemas que pueden impedirte dormir bien.

El propósito de septiembre

Hay personas que viven tan aceleradas que terminan pensando que el agobio forma parte de su personalidad, como si hubiera nacido con ellas al mismo tiempo que el color de ojos. No es así: es co-rumiación, perfeccionismo y un lenguaje interno que lleva años repitiendo el mismo guion. Y todo eso, con algo de paciencia, se puede transformar. Este septiembre tienes, literalmente, el mejor momento psicológico del año de tu lado para intentarlo. No hace falta una reinvención completa: basta con empezar por las tres preguntas, cambiar un par de frases y aprender a soltar, aunque sea una sola tarea esta misma semana.

Ojalá que, cuando alguien te pregunte cómo estás dentro de unas semanas, puedas responder algo bastante más revolucionario que de costumbre: “bien, la verdad. Este año he decidido dejar de vivir permanentemente ocupado”. O como digo yo, “estoy de PM, prejubilada (es mentira, pero suena a que estoy medio de vacaciones”. Todos necesitamos a alguien que comparta sus preocupaciones cuando lo necesita, pero también, y mucho, a alguien que contagie calma y la sensación de que vivir no consiste solo en tachar tareas de una lista que nunca se acaba. Este sí sería un buen propósito para empezar septiembre.

¿Para qué sirve todo esto, en una frase? Para que dejes de gastar tu energía contando lo agobiado que estás y empieces a gastarla, aunque sea un poquito, en estarlo menos.

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Ficha Un día de Abril

Patri

Patri Psicóloga, cuyo nombre real es Patricia Ramírez, es una psicóloga, escritora, conferenciante y divulgadora española. Se especializa en psicología positiva y bienestar emocional. Tiene una amplia formación académica: es licenciada en Psicología, cuenta con un máster en Psicología Clínica y de la Salud y un doctorado en el departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico de la Universidad de Granada. A lo largo de su carrera, ha trabajado como psicóloga de deportistas de alto rendimiento, colaborando con clubes de fútbol como el RCD Mallorca y el Real Betis. Ha sido pionera en aplicar herramientas psicológicas al fútbol. Es autora de numerosos libros, entre los que se encuentran Somos Fuerza, Vivir con serenidad y Educar con serenidad. Además de su trabajo como escritora, es una conocida divulgadora en redes sociales, donde cuenta con más de un millón de seguidores. También ha sido galardonada con el Premio del Colegio Oficial de Psicólogos de Andalucía Oriental a la mejor divulgadora en redes sociales en 2017 y el Premio MIA 2024 a la mujer más influyente de Aragón en la categoría de divulgación. Imparte conferencias y talleres, y ha llevado sus conocimientos al teatro con obras como La ansiedad no mata, pero fatiga. Colabora habitualmente con diversos medios de comunicación. Su clínica de psicología es online, ofreciendo cobertura a nivel nacional e internacional.