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Por qué las parejas se distancian en verano (y qué hacer para evitarlo)

separación en verano
El verano y las vacaciones en pareja son, para muchas personas, sinónimo de descanso, desconexión y tiempo de calidad con la persona que quieren. Sin embargo, la realidad es que también es una de las épocas del año donde más se pone a prueba la relación y donde surgen más crisis de pareja en verano, distanciamiento emocional y decisiones de separación. Entender por qué ocurre y qué hacer para evitarlo es clave para cuidar el vínculo.

La distancia en la pareja en verano

Por qué las parejas se distancian en verano (y qué hacer para evitarlo)

Cada año ocurre lo mismo. Llega julio, las parejas se van juntas de vacaciones convencidas de que ese tiempo compartido las va a unir más, y en septiembre una parte de ellas termina en mi consulta, o directamente en el juzgado, hablando de separación. No es casualidad ni es mala suerte. Según datos del Consejo General del Poder Judicial, las demandas de divorcio en España se incrementan entre un 20% y un 30% tras el verano, con septiembre como el mes de mayor pico. En 2023 se presentaron más de 25.000 solicitudes de divorcio solo en el último trimestre del año, y el cuarto trimestre suele registrar un 15% más de divorcios que el tercero. En Estados Unidos, un estudio de la Universidad de Washington que analizó los registros judiciales de Washington State entre 2001 y 2015 encontró un patrón prácticamente idéntico: los divorcios presentan dos picos anuales muy marcados, uno en marzo y otro en agosto-septiembre, justo después de las vacaciones de verano y antes de que empiece el curso escolar.

No suele ser un portazo. Suele ser un alejamiento silencioso

Cuando pienso en por qué pasa esto, lo primero que quiero aclarar es que casi nunca es por una discusión enorme, ni por una infidelidad, ni por un suceso puntual. John Gottman, uno de los investigadores más citados del mundo en relaciones de pareja, estudió a 130 parejas recién casadas durante 24 horas en un laboratorio con forma de apartamento, observando cómo se relacionaban en momentos de conflicto y también en momentos cotidianos y sin importancia. Seis años después volvió a contactar con esas mismas parejas. Las que se habían separado habían respondido, durante aquella observación inicial, a los intentos de conexión de su pareja, lo que Gottman llama “bids”: un comentario, una mirada, un “mira esto”, solo el 33% de las veces. Las que seguían juntas lo habían hecho el 86% de las veces.

Es un dato que merece la pena repetir: no fue la frecuencia de los conflictos lo que distinguió a unas parejas de otras. Fue la frecuencia con la que se ignoraban, sin mala intención casi nunca, esos pequeños gestos de “¿me ves? ¿me tienes en cuenta?”. Gottman concluyó que cuando las parejas se rompen, no suele ser por peleas grandes ni por traiciones evidentes, sino por el resentimiento y la distancia que se acumulan, gesto ignorado tras gesto ignorado, durante meses o años. Y aquí está la paradoja del verano: es precisamente el periodo en el que más tiempo se pasa junto a la pareja, y sin embargo, para muchas parejas, es también cuando más bids se pierden. No porque falte amor, sino porque el verano reúne, todos a la vez, varios factores que dificultan la sintonía. Vamos a verlos uno por uno, con lo que la investigación dice sobre cada uno.

Los motivos por los que las parejas se distancian en verano

1. Las expectativas idealizadas chocan con la realidad

Se espera que las vacaciones sean el momento en que “por fin” la pareja se reencuentra, descansa y se divierte sin interrupciones. Es una expectativa reforzada culturalmente: publicidad, redes sociales, la propia idea de “vacaciones perfectas”. Cuando la realidad no está a la altura, el niño no duerme, el vuelo se retrasa, el presupuesto no llega, uno de los dos sigue mirando el móvil del trabajo, la decepción se vive con más intensidad de la que tendría un contratiempo cualquiera un martes de febrero, precisamente porque la expectativa era mucho más alta. Cuanto mayor es la distancia entre lo esperado y lo vivido, mayor es el malestar y la sensación de desconexión, aunque nadie haya hecho nada “mal”.

2. Desaparece el espacio individual

Durante el año, el trabajo, los desplazamientos o el tiempo con amigos actúan, sin que nos demos cuenta, como espacios de autonomía dentro de la relación. El psiquiatra Murray Bowen, uno de los padres de la terapia familiar sistémica, desarrolló el concepto de diferenciación del self: la capacidad de mantener la propia identidad y autonomía emocional sin dejar de estar vinculado al otro. Cuando esa autonomía desaparece, como ocurre en unas vacaciones de convivencia ininterrumpida, 24 horas al día, muchas parejas entran en lo que Bowen llamaba fusión emocional: cuesta distinguir dónde termina el malestar de uno y empieza el del otro, y cualquier necesidad de espacio se vive, erróneamente, como un rechazo. Es habitual, en consulta, escuchar a una persona decir “necesitaba media hora para mí” y a la otra responder “es que en vacaciones deberíamos estar siempre juntos”. Ambas posturas son comprensibles, pero la segunda suele generar más distancia real que la primera. Paradójicamente, tener menos espacio propio no acerca a las parejas: las satura, y esa saturación suele traducirse en irritabilidad y distancia defensiva.

3. La carga mental de organizar las vacaciones no se reparte igual

Elegir destino, reservar, hacer las maletas, pensar en lo que puede faltar, gestionar los planes con los niños o con la familia extendida: todo eso es carga mental, es decir, el trabajo invisible de anticipar, recordar y supervisar, no solo de ejecutar tareas. Los estudios sobre carga mental muestran que en las parejas heterosexuales suele recaer de forma muy desigual, habitualmente sobre la mujer, incluso cuando ambos miembros trabajan y “se reparten las tareas” sobre el papel. El verano, con su logística añadida, no reduce esa carga: la multiplica. Y quien la sostiene en solitario suele sentirse, con razón, más sola dentro de la relación, aunque estén literalmente todo el día juntos.

4. El dinero, protagonista silencioso de las vacaciones

El dinero se mantiene de forma consistente entre las principales fuentes de estrés en la pareja, y el verano es una de las épocas del año en que más se gasta y en que más decisiones económicas conjuntas hay que tomar en poco tiempo. La investigación muestra una paradoja preocupante: las parejas que más estrés económico sienten son, precisamente, las que menos hablan de dinero, por miedo a que la conversación derive en conflicto. Ese silencio no evita el problema: agranda la distancia afectiva, porque cada uno gestiona su ansiedad económica por separado en vez de como equipo.

5. Convivencia con la familia extendida

Las vacaciones suelen incluir más tiempo con padres, suegros o hermanos que el resto del año. Cuando no hay acuerdos claros de antemano sobre límites, tiempos a solas o cómo gestionar diferencias de crianza o de costumbres, la pareja puede terminar discutiendo temas que en realidad no son “de ellos dos”, sino de terceros, lo que añade fricción sin que exista un desacuerdo real entre ambos.

6. Sobrecarga con los hijos, sin tiempo de pareja a solas

Con el colegio cerrado, muchas parejas pasan de compartir unas pocas horas libres al día a estar en modo “gestión familiar” prácticamente todo el tiempo. La investigación sobre transición a la paternidad, incluido el proyecto “Bringing Baby Home” del propio Gottman, muestra de forma consistente que la satisfacción marital tiende a descender cuando el tiempo y la energía disponibles para la pareja como pareja, y no solo como equipo parental, se reducen. El verano, con jornadas escolares cerradas, es exactamente el escenario en el que ese tiempo de pareja tiende a desaparecer primero.

7. La comparación social

Ver a otras parejas, reales o en redes sociales, aparentemente felices, sonrientes y sin ningún roce en la playa o de viaje actúa como espejo, y a veces como lupa, de lo que no está funcionando en la propia relación. La comparación social es un mecanismo psicológico bien documentado: tendemos a compararnos con los demás, sobre todo cuando estamos en una situación similar (todos “de vacaciones”), y esa comparación casi nunca es realista, porque comparamos nuestro backstage con el escaparate ajeno.

8. Necesidades de descanso distintas

No todo el mundo descansa igual. Uno quiere planear, moverse, hacer turismo; el otro quiere no hacer nada, quedarse en un sitio, desconectar del todo. Cuando estas diferencias no se hablan de antemano, cada uno interpreta el estilo del otro como una falta de interés o de compromiso con “disfrutar juntos”, cuando en realidad es, simplemente, una diferencia legítima en la forma de recargar energía.

9. El cuerpo también se distancia: el bloqueo silencioso

No toda distancia es fría de entrada; a veces empieza como sobrecarga y termina en silencio. La teoría polivagal, propuesta por el neurocientífico Stephen Porges, explica que el sistema nervioso evalúa constantemente, de forma inconsciente, si el entorno es seguro, un proceso que Porges llama neurocepción. Cuando la activación es demasiado alta y demasiado sostenida, como puede ocurrir tras días de convivencia intensa, decisiones constantes y roces no resueltos, el sistema nervioso no siempre reacciona con lucha o huida: a veces reacciona con bloqueo, una especie de “apagado” defensivo en el que la persona deja de responder, se retira emocionalmente y parece “ausente” aunque esté físicamente presente. Ese bloqueo, más que un conflicto ruidoso, es una de las formas más comunes, y más silenciosas, en que las parejas se van distanciando durante el verano.

10. Cuando sí hay conflicto, cuesta más regularlo

No todo es distancia silenciosa: cuando sí surge un conflicto, el cuerpo puede jugar en contra. Gottman observó en su laboratorio que cuando el pulso de una persona supera las 100 pulsaciones por minuto durante una discusión, la capacidad de escuchar, razonar y empatizar se reduce drásticamente, un estado al que llamó “inundación” fisiológica. En verano, con menos rutinas que actúan de válvula de escape y más motivos de fricción acumulados (dinero, familia, logística, cansancio), es más fácil llegar a ese punto, y más difícil recuperarse de él si no se sabe cómo. Y cada vez que una discusión termina mal, sin reparación, deja un pequeño poso de distancia que se suma al resto.

11. Baja el deseo justo cuando “debería” subir

Existe la idea de que el verano, con más tiempo libre, favorece la intimidad. En la práctica clínica ocurre a menudo lo contrario: la suma de estrés económico, logística, calor, cambios de rutina de sueño y convivencia con terceros eleva el cortisol de forma sostenida, y el estrés crónico se asocia de forma consistente con una reducción del deseo sexual. Muchas parejas llegan a septiembre con la sensación de que “algo no funciona” en la intimidad, cuando en realidad lo que ha fallado es la gestión del estrés acumulado, no la atracción entre ambos. Confundir una cosa con la otra es, en sí mismo, otra fuente de distancia.

12. Descubrir que el otro ha cambiado

Las personas no dejamos de cambiar cuando termina la veintena. Los estudios longitudinales sobre personalidad, entre ellos el metaanálisis de referencia de Roberts y DelVecchio, muestran que los rasgos de carácter, los valores y las prioridades siguen evolucionando a lo largo de toda la vida adulta, no solo en la juventud. El problema es que, durante el año, la rutina no deja apenas tiempo para seguir conociendo a la pareja: entre el trabajo, los hijos y la logística diaria, hablamos de gestión, no de quiénes somos ahora. El verano, con sus horas seguidas de conversación sin prisa, actúa como una lupa que expone lo que llevaba tiempo cambiando en silencio, y de repente se hace visible que el otro piensa distinto de un tema, ha cambiado de prioridades o ya no comparte una idea que antes daba por hecha. Esto no significa necesariamente que la relación esté mal: significa que el “mapa” que cada uno tenía del otro llevaba tiempo desactualizado. La decepción no aparece porque el otro haya cambiado, eso es inevitable, sino porque nadie se había dado cuenta hasta entonces. Por eso mantener viva la curiosidad por quién es hoy la persona con la que convives, y no solo por quién era cuando os conocisteis, es una de las tareas más importantes y menos atendidas de cualquier relación larga.

Ninguno de estos doce factores rompe una relación por sí solo. Lo que la rompe es la suma de varios de ellos, sostenida durante semanas, sin que nadie ponga en marcha un correctivo. Es, casi siempre, una erosión gradual, no un derrumbe repentino.

Qué hacer durante el verano

  • Habla de dinero, planes y familia antes de salir de casa. Dedicad 20 minutos antes del viaje a poner sobre la mesa el presupuesto, qué días son “solo pareja” y qué días incluyen a la familia extendida, y qué pasa si algo se tuerce. Decidirlo en frío, antes de que aparezca el gasto imprevisto o la visita no planeada, evita convertir la logística en terreno de conflicto.
  • Reparte la carga mental de forma explícita, no solo las tareas. No basta con “yo hago las maletas y tú conduces”. Habla de quién lleva en la cabeza qué falta, qué hay que reservar, qué puede fallar. Nombrar la carga mental en voz alta es el primer paso para que deje de recaer siempre en la misma persona.
  • Negocia el ritmo de descanso, no lo des por hecho. Si uno quiere planes y el otro quiere parar, no hace falta elegir un bando: alternad días, o bloques del día, respetando ambos estilos. La clave es que sea una decisión conjunta y explícita, no una imposición silenciosa de uno sobre el otro.
  • Protege espacio individual dentro de las vacaciones. Un rato solo para leer, para nadar, para llamar a un amigo, no es una traición al plan familiar: es lo que permite volver con ganas reales de estar con el otro, en lugar de con la sensación de estar todo el día “obligados” a compartir cada minuto.
  • Fija de antemano límites de tiempo con la familia más amplia. Acordad, antes del viaje, cuánto tiempo pasáis con padres o suegros y cuánto tiempo tenéis solo los dos. Un acuerdo hablado en calma evita tener que negociarlo, con más tensión, en pleno viaje.
  • Practica una pausa de 20 minutos cuando el conflicto se dispare. Si una discusión se calienta, parar no es evitar el problema, es dejar que el cuerpo baje de esas 100 pulsaciones por minuto que describía Gottman antes de intentar seguir hablando. Retomad la conversación cuando ambos estéis realmente disponibles para escuchar, no solo para defenderos.
  • Haced juntos algo nuevo, no solo “relajante”. La investigación del psicólogo Arthur Aron sobre la teoría de la autoexpansión muestra que las parejas que comparten actividades novedosas y estimulantes, no solo agradables o pasivas, reportan una satisfacción significativamente mayor que las que solo comparten actividades tranquilas. Un estudio con parejas casadas encontró mejoras notables tras solo diez semanas dedicando hora y media semanal a una actividad “excitante” en pareja. El verano es una ocasión perfecta para probar algo que ninguno de los dos ha hecho antes.

pareja hace deporte

Qué hacer durante todo el año (para que el verano no sea el único momento de examen)

Convierte los bids (intentos de conexión que haces con tu pareja) en un hábito consciente. Ya que sabemos que la clave no es la ausencia de conflicto sino la frecuencia con la que respondemos a los intentos de conexión del otro, entrena la atención: cuando tu pareja te enseñe algo, comente algo o busque tu mirada, gírate hacia eso, aunque sea un segundo. No hace falta una respuesta perfecta, basta con no ignorarlo.

Instaura una reunión semanal de pareja. Gottman recomienda dedicar un tiempo fijo, semanal, a hablar de cómo va la relación: qué ha ido bien, qué ha costado, qué necesita cada uno para la semana siguiente. No es una sesión de reclamos, es una revisión conjunta, como se revisaría cualquier otro proyecto importante. Tu relación de pareja es un proyecto muy, muy importante. Este hábito reduce la acumulación silenciosa de distancia que luego el verano solo pone en evidencia.

Cuida la proporción de interacciones positivas y negativas. Gottman encontró que las parejas estables mantienen, incluso en pleno desacuerdo, al menos cinco interacciones positivas (humor, afecto, interés genuino, validación) por cada interacción negativa. Es un buen termómetro para revisar el estado de la relación fuera de las vacaciones, cuando todavía hay margen para corregir el rumbo.

Construye y actualiza vuestro “mapa del amor”. Gottman llama así al conocimiento detallado que cada miembro de la pareja tiene del mundo interno del otro: sus preocupaciones actuales, sus sueños, sus pequeñas preferencias. Ese mapa se queda desactualizado si no se cuida activamente. Preguntar de verdad “¿cómo estás últimamente, más allá de lo evidente?” una vez a la semana mantiene el mapa al día.

Habla de dinero en frío, no solo cuando aprieta. Poner una cita mensual corta para revisar juntos las finanzas, incluyendo el ahorro para vacaciones, reduce la tentación de evitar el tema y previene que el estrés económico se acumule en silencio hasta explotar en pleno viaje.

Reparte la carga mental de forma estructural, no puntual. No se trata de “ayudar” en una tarea concreta cuando se pide, sino de que ambos lleven, de forma habitual, la parte de anticipación y organización que le corresponde. Repartir listas de responsabilidades completas, no solo la ejecución, es lo que de verdad alivia esa carga.

Reserva actividades novedosas también fuera del verano. Siguiendo la misma lógica de la teoría de la autoexpansión, probar cosas nuevas juntos —un curso, un deporte, un viaje corto, incluso un restaurante o una ruta que no conocéis— mantiene viva la sensación de crecimiento compartido, en vez de dejar que la relación dependa solo de la rutina y de la logística familiar.

Entrena la pausa de 20 minutos como habilidad, no solo como recurso de emergencia. Practicarla en desacuerdos pequeños, del día a día, hace que esté disponible de forma automática cuando de verdad se necesite, en vez de tener que inventarla en mitad de una crisis.

Cuida el contacto físico no sexual. Desde la perspectiva de la teoría polivagal, el contacto físico, un abrazo, una mano en el hombro, sentarse cerca, envía al sistema nervioso señales de seguridad que reducen la activación defensiva y facilitan la conexión. Mantener gestos de cariño cotidianos, no reservados solo para la intimidad sexual, ayuda a que el cuerpo de ambos “recuerde” que el otro es una fuente de calma, no de amenaza.

Programa una cita de pareja fija, sin excusas. No hace falta que sea elaborada: lo importante es la regularidad. Reservar un tiempo protegido, semanal o quincenal, exclusivamente para estar como pareja, sin hijos, sin logística, sin pantallas, es lo que sostiene, durante todo el año, la reserva de conexión que el verano después solo pone a prueba.

Cuando el distanciamiento necesita ayuda profesional

Todo lo anterior funciona cuando la pareja tiene, en el fondo, una base de seguridad y de buena voluntad, aunque en el día a día no sepa cuidarla bien. Hay señales que conviene distinguir de un distanciamiento normal y recuperable, porque apuntan a algo más profundo:

  • La indiferencia ha sustituido al malestar: ya no hay ganas ni de discutir, solo desconexión.
  • El desprecio, la humillación o la descalificación constante del otro como persona forman parte habitual del trato.
  • Los intentos de acercamiento de uno son recibidos con frialdad sistemática por el otro, una y otra vez.
  • Los mismos dos o tres temas llevan años repitiéndose sin ningún avance, ni siquiera pequeño.
  • Existe miedo físico a la reacción del otro, no solo malestar emocional.

En estos casos, la terapia de pareja no es un último recurso para relaciones “graves”: es, sobre todo, un espacio con una tercera persona entrenada que puede ayudar a identificar los patrones que desde dentro son difíciles de ver, y a recuperar la sintonía antes de que la distancia sea irreversible. Pedir ayuda antes de septiembre, en pleno verano o justo después, suele ser mucho más útil que esperar a que la decisión ya esté tomada.

Amar bien también se aprende (y también se sostiene con energía)

Muchas personas esperan que la convivencia fluya de forma natural, y que las vacaciones, por definición, unan. Pero cuidar una relación es una habilidad, no un rasgo de personalidad ni una consecuencia automática del tiempo compartido. Se aprende con práctica, conciencia y voluntad de cuidar el vínculo, incluso en la época del año en la que, paradójicamente, más fácil parece darlo por hecho.

El verano no distancia a las parejas por sí solo. Lo hacen las expectativas no habladas, la carga mental no repartida, el dinero silenciado, el espacio individual que desaparece, los pequeños gestos de conexión que se dejan pasar uno tras otro. Y todo eso, a diferencia de lo que a veces se piensa, sí se puede trabajar, tanto antes de las vacaciones como durante todo el año. No hace falta esperar a que la distancia sea evidente para empezar: los cambios pequeños y sostenidos, una pausa bien usada, un bid atendido, una conversación sobre dinero antes de que apriete, pesan, con el tiempo, mucho más que cualquier gesto grande y aislado.

La diferencia entre las parejas que llegan a septiembre más unidas y las que llegan rotas no suele estar en cuánto se quieren, sino en si supieron cuidar, semana a semana, los pequeños gestos que sostienen el vínculo.

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Preguntas frecuentes sobre las parejas en verano

¿Por qué las parejas discuten más en verano?

Muchas parejas discuten más en verano porque coinciden varios factores a la vez: expectativas muy altas sobre las vacaciones, más tiempo de convivencia, cambios de rutina, estrés económico y menos espacio individual. El problema no suele ser una sola discusión, sino la acumulación de tensión y pequeños intentos de conexión que se dejan pasar.

¿Es normal sentir más distancia en pareja durante las vacaciones?

Sí, puede ocurrir, y no siempre significa que la relación esté rota. En vacaciones se alteran los ritmos habituales, desaparecen espacios de autonomía y aumentan la convivencia, la logística y la carga mental, lo que puede hacer más visible una desconexión que ya venía gestándose.

¿Qué son los bids en pareja?

Los bids son pequeños intentos de conexión emocional: una mirada, un comentario, una pregunta, enseñar algo en el móvil o buscar cercanía física. Según John Gottman, las parejas estables responden con más frecuencia a estos gestos cotidianos, y esa respuesta es más predictiva del vínculo que la ausencia total de conflictos.

¿Cómo evitar una crisis de pareja en verano?

Ayuda mucho hablar antes de las vacaciones sobre presupuesto, ritmo de descanso, tiempo con la familia y necesidad de espacio individual. También conviene repartir la carga mental, introducir pausas cuando sube el conflicto y reservar momentos reales para la conexión en pareja, no solo para la logística.

¿Cuándo conviene acudir a terapia de pareja?

Conviene pedir ayuda cuando la distancia ya no es solo cansancio puntual, sino indiferencia, frialdad sistemática, desprecio, discusiones repetidas sin avance o sensación de miedo ante la reacción del otro. Cuanto antes se detecten esos patrones, más margen suele haber para intervenir.

Feliz y sereno verano,
Patri.

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Ficha Un día de Abril

Patri

Patri Psicóloga, cuyo nombre real es Patricia Ramírez, es una psicóloga, escritora, conferenciante y divulgadora española. Se especializa en psicología positiva y bienestar emocional. Tiene una amplia formación académica: es licenciada en Psicología, cuenta con un máster en Psicología Clínica y de la Salud y un doctorado en el departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico de la Universidad de Granada. A lo largo de su carrera, ha trabajado como psicóloga de deportistas de alto rendimiento, colaborando con clubes de fútbol como el RCD Mallorca y el Real Betis. Ha sido pionera en aplicar herramientas psicológicas al fútbol. Es autora de numerosos libros, entre los que se encuentran Somos Fuerza, Vivir con serenidad y Educar con serenidad. Además de su trabajo como escritora, es una conocida divulgadora en redes sociales, donde cuenta con más de un millón de seguidores. También ha sido galardonada con el Premio del Colegio Oficial de Psicólogos de Andalucía Oriental a la mejor divulgadora en redes sociales en 2017 y el Premio MIA 2024 a la mujer más influyente de Aragón en la categoría de divulgación. Imparte conferencias y talleres, y ha llevado sus conocimientos al teatro con obras como La ansiedad no mata, pero fatiga. Colabora habitualmente con diversos medios de comunicación. Su clínica de psicología es online, ofreciendo cobertura a nivel nacional e internacional.